Tenía que hacer fotos a personas en sus trabajos, tiendas, establecimientos… para un ejercicio de clase sobre August Sander.  Pero ya mis compañeros de fotografía contemporánea habían fotografiado al camarero dueño del bar, desde fuera. Así que opté por retratar a la otra parte, que me interesaba más. Me quedé más tiempo y ellos se fueron. Pedí permiso para entrar por la barra y lo logré. Siempre con mucho respeto. También le pedí permiso al señor a fotografiar y me dejó. A ese cliente tan bien puesto que va a desayunar al bar de siempre y ya tiene trato familiar. Alto, mayor, educado, limpito… Con adornos de oro en sus manos, camisa blanca reluciente y planchadita, arremangada, (lo que me recuerda lo que padecían planchando mi madre y mi abuela, pero no podían permitir que sus maridos salieran “arrugaos”), su periódico y migas de pan en la barra, indicios de que se comió una pulguita o un bocata, y ¿cómo no?, su teléfono al lado, pequeñito, no de los últimos, casi de los primeros, bien puestito sobre la servilleta. Con ese fondo cinéfilo y la aceptación a ser fotografiado, que hoy en día, es muy difícil conseguir, pero tanto me encanta en personas mayores esa pose, ese “dejo que me hagas una foto”, no acostumbrados a selfies ni redes sociales. Todavía miran como antes, como cuando la fotografía clásica. Me encanta retratar a personas mayores. Puedes imaginarte tanto de sus vidas…, se lee tanto en sus caras, ropas, gestos, poses naturales, miradas, arrugas… ¡Será que tengo alma vieja! Le di las gracias y me fui.

Agradecida.

IPA.

Canon 70Ds/50mm/f.1,8/1-100v